lunes, 19 de septiembre de 2011

CAMPERA

(Romancillo)

Cuasi en la costita
del arroyo Negro,
en unos ranchitos
desquinchaos y viejos
que amenazan ruinas
paredes y techos,
se escuende un tesoro
de subido mérito,
una morochita,
¡válgamen los cielos!
La cosa más guapa
que ha pisao el suelo.
¡Ah china macuca!
La viera, aparcero,
que moza rolliza,
que cara, que cuerpo,
que brazos, que pieses,
que anca y que senos…!
Otra no ha nacido
cual ese lucero
en tuita la costa
del arroyo Negro.
En los pueblos, dicen
los mozos puebleros,
abundan mocitas
lindas como el cielo;
pero este cachito
que mora en modestos
ranchitos de adobe
amigo, le apuesto,
que á la más airosa
de cara y de cuerpo
no le desmerece
ni pizca, aparcero,
la chinita hermosa
del arroyo Negro.
¡Ah china guapaza
pa’ parar rodeo!
Tiene unos ojitos
hermosos y negros
que lanzan chispeantes
miradas de fuego,
parecen sus labios
florcitas de ceibo,
su aliento semeja
perfumes de trébol,
y es como palmera
su talle de esbelto.
¡Viera que tranquito,
viera que meneo…!
¡Si es pa’ redetirse
tal cosa, aparcero,
si es perder la calma,
calentarse el seso
por la linda moza
del arroyo Negro.
Es tanto el cariño
que á ella le profeso
que su amor me tiene
sin quietú ni sueño,
pues perdí por ella
mi dulce sosiego.
Más la muy indina
que me entiende el juego,
ni me dá el envite
ni me dice quiero;
dándome esperanzas
me tiene hace tiempo,
la rica morocha
del arroyo Negro.
Muchas ocasiones
me ha dentrao el fierro
de celos ardientes,
al ver, aparecero,
que andan detrás de ella
bebiendo los vientos
varios paisanitos
y mozos puebleros,
lo mesmo que moscas
al olor del queso;
mas me tranquilizo
porque luego pienso
que mi morochita
no admite requiebros,
y que al santo ñudo
se lamben los dedos
por la esbelta china
del arroyo Negro.
Impaciente á veces
digo á mi lucero:
“¿Hasta cuando, moza,
me tendrá sufriendo
estas crueles dudas
que son mi tormento?
Deme el sí anhelado
como es mi deseo,
o el nó, prenda mía,
pues ha mucho tiempo
me tiene indeciso…”
Mas ella sonriendo
me dice: “-Mi amigo
siga mi consejo:
siempre es conveniente
darle tiempo al tiempo;
en campos en donde
haiga mucho aujero
no apure su pingo,
andese con tiento,
que á rodar se espone
si quiere andar presto;
mire que el pajuate
se embroma por serlo,
más el precavido
sale siempre ileso.
En cuestión de amores,
téngalo por cierto,
aquel que es costante
tiene, con el tiempo,
que obtener, dejuro
su debido premio”.

¡Ah china de lábia
la moza del cuento…!
¡Si será ladina,
colija, aparcero,
la china macuca
del arroyo Negro!
(Ca. 1899)

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