Entre el ramaje tupido
de un monte grande y cerrau
hay un rancho abandonau
que lo ha cubierto el olvido;
en la espesura escondido
como si fuera un matrero
está aquel nido campero
y un mojo verde y lugúbre
me parece que lo cubre
contra vientos y aguaceros.
Hay en el corral de rama
un cardal alto y crecido,
solo el palenque está erguido
como un gigante que clama
y que al monte le reclama
que vuelvan los tiempos idos,
de aquellos años vividos
cuando era color de rosa,
donde cantando una moza
barrió el patio florecido.
En los terrones partidos
se han hecho grandes rendijas
y entra y salen sabandijas
en el rancho guarecidos;
en el alero vencido
se anidaron los gorriones,
hormigueros a montones
en los rincones se ven
y han hecho cuevas también
los peludos y ratones.
Tan solo el viejo fogón
parece que hablar quisiera
con un banco de cadera
que está solo en un rincón.
Telas de araña en montón
que cuelgan de la techumbre;
como con incertidumbre
son dos ojos las ventanas
abiertas a las mañanas
para que el sol las alumbre.
Y esa vivienda paisana
oculta entre la maleza
en la cocina y las piezas
guardará historias lejanas.
Y del pozo, la roldana
se ve colgar del crucero
donde, su casa, un hornero
levanta con barro y paja
y mientras canta, trabaja
el pajarito barrero.
Pero ha de llegar el día
que pa’ siempre se derrumbe,
pero yo antes que se tumbe
lo guardé en las letras mías.
Aunque es dura la porfía
y para su fin se apronte,
mirando así al horizonte
sigue aquel rancho campero
oculto, como un matrero
en loa espesura del monte.
Versos de Hugo Pino