“-Si es que Paiva se ha dormido
estando de centinela
hay que aplicarle la espuela
del código establecido.
Por lo tanto, Cabo Guido,
como sé de que se empaca,
ese gaucho y se destaca
por su soberbio derroche…
dispongo de que esta noche
duerma amarrao a la estaca”.
Al instante fue cumplida
la ordenanza superior,
y Paiva sufrió el rigor
de la pena consabida.
Con la palabra medida
de su voz clara y timbrada,
dijo: “-Aguanto la estaqueada
con toda calma paisano…
porque mañana temprano
quiero pelear con la indiada”.
“Pero después de luchar
como le cuadra a un valiente,
si no sufro un accidente
de aquí voy a desertar.
Y les quiero recalcar
ya que de guapo me alabo,
que no me asujeta el clavo
de promesas ni laureles…
Vine a pelear con infieles
y no pa’ servir de esclavo”.
Al enterarse el Teniente
de lo que Paiva decía,
esbozó una mueca fría
y repuso en tono hiriente:
“-Déjenlo que se lamente
que ya se le va a pesar,
no vengan a incomodar
con chismes, porque deduzco…
que ese gaucho como el cuzco
no sabe más que ladrar”.
Y cuando el gallo altanero
grabó su voz en el viento,
ya rumbeaba el regimiento
bajo el poncho del lucero…
Cabalgando en un overo
iba Paiva receloso,
observando cauteloso
los contornos del camino…
como olfateando el destino
en el campo silencioso.
Versos de Juan Pedro Carrizo
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