Ya no soy aquel campero
que lucí
con tanto honor
mi rastra,
mi tirador
y aquel
ludo sombrero;
quizás en
algún ropero
tiradas en
un rincón
junto al
poncho y el facón
se
encuentren abandonadas,
que ya no
sirve pa’ nada
lo que ante’usó
este varón.
Tal vez ya no
vuelva a ver
las pilchas
que yo he lucido,
unas, se
que se han perdido
y otras
vendió una mujer;
yo no soy
ni debo ser
el último
ni el primero
que el
destino traicionero
le hizo una
mala pasada,
dejar a un
hombre sin nada
olvidado y
prisionero.
Yo he sido,
soy y seré
un hombre
de poca suerte,
pero mis
verdades vierten
y en este
verso diré:
por mi vida
yo crucé
por malo y
buenos pasajes,
atiéndamé
el paisanaje,
lo digo y
sigo diciendo,
que el que
nació pa’ remiendo
…difícil que
llegue a traqje.
Supe tener
un recao
con cuatro
matras bordadas,
que las
compré de pasada
en un
boliche en Bragao;
también el
poncho encerao
y las
espuelas de fierro,
marca “Yegua”
era un cencerro
que hacía
sonar el badajo
cuando salía
pa’ un trabajo
con mi tropilla
y el perro.
Mi recao
era bien gaucho
como “Carpincho”,
su dueño,
me lo armé
con mucho empeño
allá en los
pagos de Ranchos;
cuantas
veces a lo gaucho
lo tendí pa’
descansar
cuando solía
llevar
junto con
otros reseros
ganao pa’
algún estanciero
que sabíamo’
acarrear.
Mi gaucho
lazo trenzao
con
cascabeles de guampa
que un
payador de La Pampa
un día me l’hizo
un verseao;
fue un lujo,
que en El Salao,
en el
puente ‘e “Las Gaviota’,
tiré con
todas las tortas,
me quedé
con la presilla,
y lo saqué
pa’ la orilla
medio
ahogao, al Cacho Costa.
Ese lazo lo
trenzó
mi amigo El
Negro Acevedo,
de Ranchos,
ese soguero,
y el mismo
me regaló;
por eso lo
extraño yo
a ese
recuerdo paisano.
Puede ser
que en gauchas manos
ande mi
lazo prolijo,
que se haya
hecho cargo m’hijo
o alguno de
mis hermanos.
¿Qué será
de la encimera
y los
estribos calao’
que
adornaban mi recao
con “las
tres Marías” potreras?
Me acuerdo
como si fuera
cuando
sabía ensillar
un potro pa’
jinetear
con mil
pilchas argentinas,
y hoy que
me veo en la ruina
me dan
ganas de llorar.
Por las
pilchas no me aflijo,
tampoco por
la mujer,
lo que no
quiero perder
es el
cariño’e mis hijos;
entonces
sería preciso
que yo
diera las razones
de mi verso
en los renglones
con el alma
dolorida:
¡lo que más
quiero en la vida
es mi madre
y los pichones!
Versos de Juan María
Martínez (“Carpincho”)
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