lunes, 28 de noviembre de 2011

LA TROPILLA

De pronto en la madrugada
suelo escuchar un cencerro
sobre el ladrido de un perro
furioso en la atropellada…
(Tras la madrina gateada
-como en el rumbo de un cuento-
entre las alas del viento
se me extravió la tropilla:
por eso me maravilla
cuando acercarse la siento.)

¿Qué tono infunde el desvelo?
Celeste tiene que ser,
porque al mirarla volver
se me levanta del suelo…
Oscuro era en vez el pelo
de los caballos del caso:
un testerilla, un picazo,
un albo y un taba blanca
y -medio moro en el anca-
un zaino de sobrepaso.

Pica la yegua en la punta
con retumbar de trabuco;
detrás, el zaino pasuco
y el taba blanca hacen yunta…
el testerilla se junta
con el listado en la frente…
el albo… ¡Pero la gente
qué me va a entender si digo
que con la vista los sigo
arreando por el poniente!

Algunos salvan las cosas
que no conocen los otros…
(El irse haciendo entre potros
no es corretear en baldosas.)
Hoy con las formas borrosas
de los sombrajes de palma
cruzan muy alto la calma
del cielo como una nube…
(A la tropilla que tuve:
¿quién me la quita del alma?)

Versos de Miguel Domingo Etchebarne

VIEJO PONCHO SANJUANINO

Viejo poncho sanjuanino,
a mi destino ligau,
cuantas veces me has tapau
a lo largo del camino…!
Viejo poncho sanjuanino
que en mis andanzas de arriero
juistes el fiel aparcero
de mis dichas y dolores,
y amparo de mis amores
con la chinita que quiero.

Viejo poncho sanjuanino,
refugio de mi osamenta
cuando azota la tormenta
al alto poniente andino.
Andariego y peregrino,
viejo poncho como yo,
cuántas veces te cortó
la daga del entrevero
y cuántas el aguacero
sobre tus pliegues lloró!

Te tienen por montonero,
viejo poncho sanjuanino,
pero antes sos argentino,
tradicional, guerrillero…
vos venís de un entrevero,
hecho a tambor y clarín,
vos conociste el confín
romántico del Perú;
ya te llevaba en Maipú
Don José de San Martín!

La historia de mi pasau
en tu vejez se resume;
a mi el tiempo me consume
y a vos te tiene olvidau…
Viejo poncho que ha rodau
unido siempre a mi suerte…
cuando mi osamenta inerte
descanse al fin de la vida,
estarás pilcha querida,
cubriéndome hasta la muerte.

Versos de Buenaventura Luna

sábado, 26 de noviembre de 2011

MI TROPIYA

Voy a rodiar mi tropiya
para prestarle algún pingo,
de paso -como es domingo-
viá desvasar “la rosiya”;
más crioya que la gramiya
mi pobre yegua madrina,
la huella no la arrocina
y nada le miento en esto:
con un pañuelo ‘e cabresto
yo cruzaría la Argentina.

Embozale “el colorao”
si quiere un pingo mansito,
le va a quedar muy bonito
si le pone su emprendao.
O si no, tiene “el rosao”
si quiere un pingo ligero,
es ágil pa’l entrevero
y en él yo salvé la vida
disparando a la partida
antes, cuando juí matrero.

Si quiere de raza fina
encarone “el pata blanca”,
es sin cosquiya en el anca
en él, se yevar mi china.
A ese “zaino” que de clina
solo le dejé un penacho,
a bajao varios muchachos
-yo entuavía no lo he probao-
dicen que jué reservao
de la estancia “El Quebracho”.

“El bayo” que al caminar
parece de tranco lerdo
me trái miles de recuerdos
cuando me pongo a pensar;
a ese, lo enseñé a saltar
cuando anduve enamorao,
es ágil pa’l alambrao
porque’s de pata finita,
cuando le haga una señita
… ya estuvo del otro lao.

Y si quiere en el poblao
lucirse una tardecita
corte y agarre “el pampita”
de clavijero tuzao,
lo tengo bien preparao
para cualquier ocasión,
desde que’ra redomón
jué’l pingo de mi delirio,
andando en él, no le envidio
los coches a mi patrón.

“El picazo” o “el tostao”
son de enlazar campo ajuera,
lárguelos por ande quiera
nunca conmigo han rodao.
Bueno, ya le he presentao
todos mis pingos, señor,
es el capital mayor
de éste gaucho que le esplica:
mi tropiya es medio chica
porque’s de un trabajador.

Versos de Juan G. García

A DON ARANDA

Muchos años jué juntando
sobre la tierra surera,
se nota en la cabeyera
que la helada jué quedando;
el tiempo lo jué achatando
pero no teme al rigor,
el sol le dá el resplandor
en las mañanitas beyas
y entre vasos y boteyas
hoy atiende un mostrador.

Yo sé que’l viejo campero
el cordaje había templao
…pero jué’l del alambrao
girando el torniquetero.
Bajo soles o pampero
cantó su copla bizarra
poniendo sudor y garra
en las milongas senciyas,
hizo décimas de astiyas
con un hacha por guitarra.

De San Pedro hasta Obligao
montó semanas enteras
y en tropiyas de ‘norteras’
dejó su nombre grabao;
por el rastrojo que ha’ndao
en horas güenas y malas
sus dos manos jueron alas,
sus patas, iban inquietas,
jinetiando a la maleta
soltando a palenque, chalas.

Y de herencia pa’ su nieto
jué juntando el viejo Aranda
cosas que su mente agranda
en esos días inquietos.
Con alegría y respeto
conserva el noble paisano
versos del tiempo lejano
hechos en montes y playos.
¡Son rimas hechas en cayos
sobre el libro de sus manos!

Versos de Enrique Mario Cabrera

ORGULLO DE DOMADOR

Me anotició “el patrocinto”
con pretensiones de gallo
que no quiere más caballos,
por eso me pega el grito;
es el hijo ‘e Gorosito
que me escribe en la ocasión
diciéndome: “Don Zenón,
deje nomás el que ensilla
y apróntemé la tropilla
que estos días va un camión”.

Con respeto a los baguales
está cambiando la cosa
-le decía a Juan Tolosa
el viejo Zenón Rosales-,
están sobrando bozales,
lazos, maneas, rebenques,
a más de viejo y enclenque
hoy me siento más vencido
al ver que un yuyal tupido
está tapando el palenque.

Fíjesé aquel zaino overo
entuavía sin colmillo,
lo mesmo que el doradillo
es redomón, aparcero;
jue pucha los herederos
tan modernisao, caracho,
no piensan estos muchachos
igual que el finao su tata
que ha despreciao mucha plata
por no mandarlos al tacho.

Por eso amigo Tolosa
si no queda un redomón
la amistá con el patrón
se ha puesto muy espinosa;
allá en el Boliche ‘e Rosa
que está por la calle vieja,
ya que el tiempo nos aleja
lo mesmo que a Cruz y Fierro,
allí me deja el cencerro
de la madrina azuleja.

Allá en el campo de Altabe
está Serapio Almirón,
un capataz muy gauchón
y es capaz que me aconchabe;
tengo más años, ya sabe,
que plata en el tirador,
y aunque no tengo el valor
de mozo cuando era juerte
conservaré hasta la muerte
mi orgullo de domador…

Versos de Rafael Bueno

EL RECAO

1
Con el cinchón bien sobao,
haciendo de todo un lío,
bastos, chapiao, prenderío,
está en el suelo el recao.
Al mirarlo he recordao
aquel tiempo sin dolor,
cuando de mi vida en flor,
que era un purito domingo
cruzaba el campo en mi pingo
llevando en ancas mi amor.
2
Al desatar la envoltura
de las prendas he sentido
como si de un ser querido
abriera la sepultura.
Todo un mundo de ventura
se me ha presentao allí:
el ranchito ande nací,
el ombú que le da sombra,
el pastito como alfombra
en que mil noches dormí.
3
Las estrellas como flores
de luz, en lo alto del cielo;
el griterío de un vuelo
perdido de silbadores,
las bocanadas de olores
que vienen del campo abierto,
el vientito del desierto
al ir aclarando el día,
la mañana… la alegría
del silguerío despierto.
4
El rayo del sol primero
que va a besar a la loma,
el gemir de una paloma,
el gritoniar de un hornero;
la diana alegre de un tero
que hace guardia en el bañao;
de un toro viejo, encelao,
el bramido de sus quejas;
el balar de las ovejas,
los mugidos del ganao…
5
A mi escuro renegrido
he sentido relinchar,
lo mesmo que el corretiar
de los perros y el ladrido;
del gallo giro, el volido
he visto dende la higuera,
y después, la ronda austera,
que le hacía a las gallinas,
que presumían de finas
siendo al fin como cualquiera.
6
Las priendas de mi recao
voy a mostrar despacito,
que pa’ mi, mucho bendito
hay en ellas encerrao.
Al lindo freno platiao
le ha tocao ser el primero,
pues tratándose de apero,
por el freno hay que empezar
cuando se ha de arrocinar
a un hombre o a un parejero.
7
¡Aquí está!... Nuevito de hoja
parece. ¡Tal lo he cuidao!
Sus copas son un dechao
y un contento su coscoja.
Y cuando en la rienda floja
jugaba con él mi escuro,
ni un cristiano, de seguro,
quedaba sin almirar
de mi criollito el trotiar,
que envidiaba más de un puro.
8
Aquí están las cabezadas
con su testera y fiador;
la manea, el maniador
y las dos riendas platiadas;
el pretal, con sus caladas
estrellas, que con primor,
van de mayor a menor
del encuentro hasta el lomillo,
y que, en mi escuro, su brillo
era un puro resplandor.
9
¡Velay los dos sahumadores
de mis estribos, grabaos
por plateros afamaos
igual que los pasadores!
allá en mis tiempos mejores,
cuando cruzaba el pueblito
zapatiando un trotecito
atravesao en mi flete,
los llevaba de juguete
pisándolos despacito.
10
Estas espuelas coquetas,
de ruidosas alabadas,
colgaban destalonadas
de la alzaprima sujetas.
Al óirlas rodar inquietas
con su cócora sonido,
el gauchaje, conmovido,
decía, la voz alzando:
-¡Áhi va va un gaucho galopiando,
honrao, valiente y temido!
11
Ese rebenque, trenzao
con un tientito tan fino,
lo heredé de pagrino
que lo había trabajao.
De virolas adornao,
con su argolla y su lonjita,
parece una monadita
lo mesmo que un abanico,
pero si tuviera pico…
¡Qué historias!... ¡Virgen bendita!
12
Aquí está el lazo, largote,
pa’ trabajar ande quiera,
prendido de la asidera,
que’s de cuero de cogote;
cuatro armadas en un bote,
sobre la res que se elija,
puede tirarse a la fija,
y enlazarla del tirón…
pero ¡guay del revolcón
si el julepe lo encanija!
13
Aqué están también las bolas
u pa’ avestruz, u pa’ potro,
y que, como dijo el otro,
“de güenas… bolean solas”.
De torzal fino las piolas,
y las piegras del Tandil,
apuesto aquí que entre mil
no hay otras como las mías,
pues las mesmas Tres Marías
son como al sol un candil.
14
¡La cincha!... Sería al ñudo
querer cosa más pulida,
con la encimera curtida
y abajo de cuero crudo
de un chúcaro, alzao, clinudo,
y a rajar con l’uña l’anca
que detrás de una potranca
se andaba haciendo el bonito,
sacó está lonja un gauchito,
tan parejita y tan blanca.
15
Aura los bastos levanto
pa’ que los contemplen bien,
aquí está el centro y sostén
de’ste recao a quien canto,
no sé de mi vida cuánto
a ellos me une, lo mesmito
que los dos por un tientito
van juntos como gemelos…
que’so, tan solo en los cielos,
o en la pampa, ¡estará escrito!
16
Voy a desdoblar, señores,
lo más blando del recao:
las matras, por decontao,
y las jergas de colores,
la carona, que en mil flores
bordó un paisano ladino;
el cojinillo, más fino
que de una mujer el pelo,
y el sobrepuesto ¡ese cielo
que a otras décimas destino!
17
Déjenmé que arrodillao
junto a esta prienda sagrada,
de arriba a’bajo bordada
por ser el más adorao,
saqué del pecho angustiao
palabras de un sentimiento,
que ni el mesmísimo viento
debía escuchar aquí,
porque ninguno, ¡ay de mi ¡
sentirá lo que yo siento.
18
Junquillos, claveles, rosas,
derramó tu linda mano
sobre este paño paisano,
en horas pa’ mi dichosas;
cual enseñas vitoriosas,
flamiando de norte a sú,
mi orgullosa juventú
las llevó por esos pagos,
¡buscando tal vez halagaos
que estaban en tu virtú!
19
Sobre este paño bordao,
fui soldao y fui matrero,
fui jugador, pendenciero,
malevo y desordenao;
corriendo desatinao
en busca de otros amores,
manché mil veces las flores
que me osequió tu cariño…
y auro lloro como un niño
el dolor de tus dolores…
20
Tendido sobre este lecho,
tu sombra abrazo soñando,
y te cuento suspirando
las tristuras de mi pecho.
Junto a mi cuerpo te estrecho,
y como a un panal de mieles,
tus labios puros y fieles
beso en ansias amorosas,
la que perfuman tus rosas,
tus juncos y tus claveles!
21
Aura, déjenmé, señores,
que otra vez líe el recao…
yo… ¡ya me créiba curao
de mis antiguos dolores!
Pero hay rescoldos traidores
que cualquier vientito atiza,
y hoy, en la olvidada triza
de mi viejo pensamiento,
he encontrao ese lamento
¡escarbando en su ceniza!
  
Versos de Nicolás Granada (1840/1915)
  
Silguerío: jilgueros
Cócora: molesto/a
Encanija: lo arruga

miércoles, 23 de noviembre de 2011

¡QUE OCURRENCIA!

Trajo el patrón, pa’ la estancia,
un toro fino, importao,
y creo que lo había comprao
en Inglaterra o en Francia.
Un animal de prestancia
con más cuidao que una alhaja,
y pa’ sacarle ventaja
mejorando los planteles,
dormía el toro en “Los Jagüeles”
en cama de buena paja.

Yo pa’ese entonces, me acuerdo,
redomoniaba un picazo,
que’ra más “pronto” que hachazo
pegao con el brazo izquierdo.
Ycomo nunca fui lerdo
pa’ enseñar un animal,
como un hombre servicial
pero con mala intención,
saqué el toro del galpón
pa’ soltarlo en un corral.

Monté y después, despacito
-como escondiendo una treta-
al toro, por la paleta
le pegué un empujoncito.
Escuchó el picazo un grito
con mi acento varonil,
y sarandeando el cuadril
se dio el toro a disparar,
y áhi se lo entré a “descolgar”
a dos velas y un candil.

Como el pingo tenía rollo
le iba gritando certero:
¡acomodate extranjero
que te está golpiando un criollo!
De entre las patas, un pollo,
salió con vida arañando,
todo asustao, cacariando,
pasando alguna penuria,
cuando yo en toda la furia
tráiba al toro recostando.

Después… para que les cuento…
se apareció el mayordomo,
malísimo, hinchando el lomo,
hasta quedar sin aliento.
Me parece que lo siento
gritar desde la tranquera;
más colorao que una hoguera,
estaba loco de atar,
y… ¡ya lo mandé a pasiar
con una palabra fiera!

Cuando lo supo el patrón
enseguida me pagaron
y como a un perro me echaron
sin darme una explicación.
Pero si esa tentación
me costó una sacudida
aunque pierda otra partida
no hay cuidao que retroceda,
¡y seguiré mientras pueda
haciéndome el gusto en vida!

Versos de Pedro Risso