jueves, 17 de abril de 2014

EL REGALO DEL MATRERO

Este poncho pampa overo
grueso, pesau y macuco,
fue’cho hayá por “los temucos”
en Chile, país lindero,
Don Luis Vitale “el matrero”
en un gesto leal, sin trampa,
me aclaró: “-Es pa’ su estampa”,
y yo empezaba a decirme…
“No sé si podré lucirme
con el poncho overo pampa”.

Que india chilena machaza
será la que lo ha tejido,
que si la lluvia al descuido
me agarra fuera de casa…
el agua no lo traspasa,
lo hace más pesao, y vea…
es tanto el peso que arrea,
que cualquiera se da cuenta
que tengo buena osamenta,
sino… capaz que me arquea…

¡Qué poncho para el frío cruel…!
Si en realidá pareciera
que’l mismo invierno viniera
para refugiarse en él;
y las chinas en tropel
sabiendo que soy cantor,
medio pueta, payador,
tocan su tejido indiano,
y les entibia las manos
el poncho de un servidor…

Pero claro, el movimiento
de la vida todo gasta…
la muerte nos dice basta
y nos ataja el aliento,
cuando llegue ese momento
del que nadie se salvó,
allí firme estaré yo
con el poncho pampa overo
que Luis Vitale “el matrero”
un día me regaló…

Versos de Jorge A. Soccodato

EL LUJO DE CORVALÁN

Don Jacinto Corvalán
del suelo felicianero,
montaba un “picaso tero”
si lo apuraba su afán…
Y tenía el “alazán”
calzado -de patas blancas-
de cargar chinas en ancas…
Y el “sabino”, fue una pluma:
sobre el río que hace  espuma
borboteando en las barrancas.

“Tordilla” fue la madrina
de lunar en el cuadril,
punteando como alguacil
que el viento no arremolina…
Cada aurora campesina,
cencerreaba en la “tordilla”…
Y al trotear por la gramilla
casi se volvió un refrán:
“Donde chifla Corvalán
es que viene la tropilla”.

Muy mansos los dos “overos”…
Y el “moro”, tirando a plomo,
siempre era frío de lomo
cuando le ponía los cueros…
cuidaba dos parejeros
“zainos” para el otro evento…
Cada uno era un portento
para las lides cuadreras:
que silbaban las clineras
si corrían contra el viento.

De acollarar redomones
tenía el “bayo”, por si acaso,
lunanco del lao del lazo,
pero con sus condiciones…
También por las extensiones
cruzó el “ruano testerilla”
y el “obscuro gargantilla”
que era bueno como el pan:
y sostenía Corvalán
que era un lujo en su tropilla.

Versos de Adolfo Fortunato Cosso

lunes, 7 de abril de 2014

CAMPIANDO

“-Ave María, patrón.
-Sin pecao es concebida.
De güelta pu’esa bebida
y dentre en aquel portón…
-Busco quien me dea razón
o me sepa anoticiar
si no me han visto pasar
unos caballos perdidos,
o que güenos conocidos
me los jueron a buscar…

…a la madrina gatiada,
va acollarao un bagual,
que es lunanco el animal,
punta de oreja rajada;
va un rosillo anca nevada,
dos picazos, como teros,
de unos muchachos puesteros
del lao de “La Dorotea”,
y va un rosillo batea
y un zaino lomos overos.

Va un escurito cacunda
con un cebruno sillón,
y un pangaré redomón
de la estancia “La Segunda”;
y pa’ que naide confunda
la tropilla que campeo,
va un colorao algo feo,
contramarca’e “la mojarra”,
que Don Florentino Parra
me regaló en “El Recreo”.

-Si han pasao, yo no he’cho caso;
ningún cencerro he sentido;
solo anoche oyí un chiflido
y después un rebencazo…
Se despidió; rumbo a un paso
siguió aquel hombre apenao
que se había lamentao
que tan solo le dejaron,
dos petizos que no arriaron,
el de tiro y el montao.”

Versos de Charrúa

domingo, 23 de marzo de 2014

ROMANCE DE JUAN GODOY

I

Sin que naide loj arree
se van en tropel loj años:
¡hace ya más de cuarenta
que poblamos estos campos!
Yo nací en el paso’e Ponce
que’ej en el partido’e Ranchos
ayá justo ande el Salau
da la guelta pa Belgrano.
Y jué en una primavera,
De un amanecer nublao,
que en mi carro’e cuatro estacas
salí revoliando el látigo.

Tráiba el crédito en las varas:
un oscurito picazo
marca’e Rudecindo Lobos.
En las cadenas: un ruano.
¡Pobre mi curcuncho viejo
capaz de arrastrar un rancho
aunque juera de rodiyas!
De ladero prendí un zaino,
medio chafalote al verlo,
pero ¿cómo guapo? ¡Guapo!

Era en octubre. Una gloria
atravesar esos campos
retoñaos de margaritas
con mi amor y mis treinta años!
Y yegar a estos parajes,
y levantar este rancho,
trabajar haciendo el nido
de sol a sol com’un pájaro,
y cavar este jagüel,
y probar el primer trago,
y rairme solo al pensar
cuando planté estos paraísos:
algún día darán sombra
pa que jueguen mis muchachos.
Cada año nos daba un hijo
y se hacía chico el rancho.

II

¡Pero malhaya la suerte
que me trajo el desamparo!
Agatas jueron mujeres…
Una traj otra volaron
en fila, como vinieron,
en ancas del primer vago
que les conversó algo lindo
y lej arrimó el cabayo.
¡Malhaya la suerte perra
que se yevó mi muchacho!
¡Si lo están viendo mis ojos
en aquel día de marzo
corriendo entre el guamperío
sobre su bayo naranjo!

Le hocicó como diez metros,
-si me caigo o no me caigo-
el chiquilín jue a dar lejos,
como a medio tiro’e lazo,
y el mancarrón sobre el tuso
se dio güelta pa’pretarlo.

Lo alcé en estos brazos viejos
que de chico lo acunaron ,
y así se durmió pa’ siempre
a la sombra de unos cardos.

Con tanto cuarto vacido
¡qué largo parece el rancho!
El cicutal y la quinua
atropeyan pa voltiarlo.

¡Si en vez de tantas chancletas
Dios me hubiera mandau machos!

Versos de Juan José Marín

CUANDO ABANDONÉ EL RECAU

Cuando abandoné el recau
lo hice con tanta tristeza
que derrumbé mi cabeza
sobre los cueros doblau.
Así quedó mi pasau
entre los cueros, perdido,
y yo triste y abatido,
solo a pie como un andante
emprendí desde ese instante
el camino del olvido.

Al mirarlo abandonau
en silenciosa quietú
recordé mi juventú
dejada sobre el recau
como si estuviera atau
a mi sangre a o mi piel;
pero hoy insensible y cruel
lo tengo que abandonar
que por temor a charquear
no quiero morir sobre él.

En mi vida de mensual,
de domador o resero,
si habré ensillado mañeros
pa’ poder ganar un rial.
Con él y con un bagual
yo era de la tierra el dueño,
y hoy que no tengo el empeño
que el espíritu reclama
no me sirve ni pa’ cama
porque ya me quita el sueño.

Y lo entregué con mis manos,
con la pena y la amargura,
le entregué a la sepultura
el cuerpo de un pobre hermano.
He llegau a ser anciano
y la osamente me pesa
y no quiero la tristeza
de que un día, sin batalla,
cualquier manso se me vaya
con mi orgullosa pobreza.

Cuando pa’l último vuelo
ate una noche al palenque
sin espuela, sin rebenque
la voy a saltar en pelo.
Será mi único consuelo
y por eso es el motivo,
que él no se quede cautivo
de mi derrota en la prueba,
hoy, que la muerte me lleva
como colgau del estribo.

Versos de Jorge Soccodato

sábado, 15 de marzo de 2014

DOÑA INOCENCIA

1
Una ve’stuve apurao
en un puesto’e los Ayala
cuando le arrastraba el ala
a la chica’e los Aldao;
entre ojos me había tomao
la madre de’sa mi china,
y una vez que’n la cocina
yo estaba junto a mi ñata
¡cuasi me ruempe una pata
con un palo’e sina-sina!
2
Se vinieron varios piones,
entre ellos venía Romero
que’ramos muy compañeros
en destintas ucasiones;
“-No me gustan los matones!
-les gritó con valentía-
esto va por cuenta mía
y el gasto lo pago yo”,
ella mesma me curó
y es mi suegra de’se dia.
3
Es una china güenaza
pero… difícil de arriar
y eso les puede contar
“El Pampa” don Juan Barraza.
Una vez llegó a su casa
buscando un potrillo overo
que “El Pampa” -medio cuatrero-
se lo negó, y pa’ tal caso
se desmontó de un “picazo”
sin más armas que’l talero.
4
Le dijo: “-Atrás del galpón
está el potrillo que busco”
y le dio un guascazo al cusco
que le toriaba el garrón;
“El Pampa” sacó el facón
y quiso atajarle el paso,
y del primer talerazo
le hizo perder el cuchillo,
dispués se trajo el potrillo
apariao con el “picazo”.
5
Otra vez a un tal Molina
por causa de unos terneros
le pegó un susto tan fiero
que se ganó en la cocina;
y aunque era güeña vecina
-en esto tenía su fama-
asigún contaba mama
que de noche acostao
tenía el rebenque colgao
en la perilla’e la cama.
6
Jamás pelió sin razón
y donde quiera que andaba
la gente la respetaba
como sin juese un varón,
y en más de una ocasión
siendo tan güeña, por eso,
galopiaba de esprofeso
como chico a los mandao,
pa’ curar un empachao
sin cobrar jamás un peso.
7
Su esposo Zenón Aldao
campero como los talas
que’n la estancia’e los Ayala
jue domador muy mentao,
al pialarla de volcao
a una yegua puerta’juera
se resintió en la cadera
pero ella, con todo esmero,
le galopió unos overos
de un tal Nemesio Contrera.
8
Su nombre, Inocencia Lara,
con mas años que el empacho,
se crió catorce muchachos
sin otra que la ayudara,
por su hija menor, la Clara,
esa vez cuasi me achura;
hoy se ha’chicao su figura,
está viejona y enclenque
¡pero aun maneja el rebenque
con habilidá y soltura!

Versos de Rafael Bueno

viernes, 14 de marzo de 2014

LOS DOS PICAZOS OVEROS

1
Mi güen amigo Cisneros
le’scribo de anticipao
pa’ contarle l’he amansao
los dos “picazos overos”;
los he domao con esmero
bien a la usanza campera,
seguro, probarlo’espera
y verlo -un lujo sería-
manejarlos con maestría
trabajando por Las Heras.
2
Llegaron desde Las Flores,
los envió Don Sebastián,
amigo de aquel Froilán
que conocí por Dolores;
son dos y de los mejores
que pisaron por la estancia,
compadrones, con prestancia…
más elogios, no derramo.
¡Parecen pintaos por Ramos
por su estampa y elegancia!
3
Al traerme los baguales
dentré a puro maneador
a quitarles el temor
y las cosquillas sacarles;
las maneas colocarles
y luego el siguiente paso:
bozal y bocao pa’l caso
más un cabresto largón,
enderecé’n dirección
ande’staba mi “picazo”.
4
En un “bayo”, juguetón
Martín andaba esperando
y “El Poli” Rossi ensiyando
mi “picazo” en el galpón;
Gualtieri, pa’ la ocasión,
iba poniendo el asao
y López, en un costao
el cimarrón ensiyaba
mientras que yo acomodaba
las pilchas de mi recao.
5
“El Poli” salió adelante
y yo, largué por atrás,
el primero salió en paz,
el otro un poco picante;
como a ocho metros distante
Martín estaba observando;
y al sacarlos disparando
le agarraron las orejas,
mientras largaba unas quejas
la boca le iba tirando.
6
Después, un poco de sal,
les coloqué en las encías,
dejándolos cuatro días
pa’ no formarles un mal.
Al tantiarlos por igual
comencé con los galopes,
mientra’el cabresto, a los toques
a las patas sacudía.
No se sabe si algún día
el lazo, no los provoque.
7
¿Pa’ que seguirle contando…?
¡Usté lo sabe aparcero!
mucha pierna, y por entero
el cuerpo le fui hamacando.
Hasta los fui acostumbrando
con el poncho galopearlos
porque si al acariciarlos
se le de por juguetear
y no sea que al lloviznar
de a pie, me lo vean dentrarlo.
8
Completos los he dejao
mi güen amigo Cisneros,
pa’l desempeño campero,
con título de abogao.
Cosas que me han enseñao
las charlas en el fogón
y dejo, aquí, en la ocasión
del maestro el nombre puesto
y en el encerraré’l resto:
¡Don Juan Carlos Marañón!

Versos de Gustavo Márquez Pereira